y la jaula no era de cristal

 

 

Y la jaula…

Aquel pasillo parecía enorme,

clásica escena de película de terror

que tanto le apasionaban.

No lo caminaría sola,

estaba acompañada,

pero eso no la hacía sentir

tranquila ni segura.

Al contrario, moría de miedo

le temblaba cada parte movible de su cuerpo

y las que no se movían también.

Cuando vio el inmenso vacío ante ella,

dentro de aquel pasillo,

sintió el mismo vacío dentro de su corazón,

inmenso y profundo.

Una voz la regresó a la realidad,

sólo escucho: “¡Vamos!”

Y ella pensaba: “¿Vamos, a dónde?

Yo no quiero ir, quiero volver a casa.

Quiero encerrarme en mi habitación

hasta que esta pesadilla termine:”

Pero nadie escuchaba sus pensamientos,

nadie la entendía, ni hacía el intento por entender;

a pesar de haber tanta gente a su alrededor

preguntando qué había pasado,

sintiendo lástima por ella,

lastimándola con miradas

que eran como latigazos en su alma.

Nadie se acercó nunca lo suficiente

como para abrazarla y sentir cómo temblaba,

era como si le tuvieran miedo,

lucía diferente, rara

y ella no entendía si el miedo era a hacerle daño,

o que ella se los hiciera.

Lo más duro fue darse cuenta

que no era una pesadilla;

de esas te despiertas y no pasa nada,

esto era peor, era real.

Esa realidad no era de un momento,

un día o una noche;

era por tiempo indefinido,

en su mente era como infinito.

Pensar en ello la hizo temblar más,

mucho más…

Su soledad creció al mismo tiempo y nivel que su miedo;

ya no era que se sintiera sola, quería estar sola;

no quería que la vieran,

ya no le interesaba que la quisieran, no así.

 

la jaula…no era de cristal

 

Sólo tenía trece años

y no sólo le habían cortado las alas,

sino que la habían encerrado en una jaula

y la jaula no era de cristal.

Ella era muy fuerte,

podía con eso y mucho más;

eso pensaban, eso le decían,

pero nunca le preguntaron si quería ser fuerte.

Nadie notó su dolor,

nadie vio sus lágrimas invisibles correr por sus mejillas;

mientras inundaban su corazón,

ya no quería ser fuerte, no quería compasión.

Quería salir de la jaula,

quería sus alas de vuelta,

ser libre de su prisión;

guardó sus alas en el fondo de un cajón.

Algún día…

Han pasado los años

y aquella pesadilla terminó,

la soltaron de la jaula,

pero su corazón no sanó.

De vez en cuando

todavía sangra por la pequeña herida;

sus alas no brotaron de nuevo

y las que tenía guardadas estaban secas,

perdidas en el olvido.

Quizás algún día

logre rescatarlas, obtener su perdón

y ponerlas en su lugar.

Mientras tanto, masajea su corazón

con las manos del alma,

esperando que sane el dolor,

quizá entonces sus alas le perdonen

y puedan al fin volar.

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