FELIZ DÍA PAPÁ

¡Feliz día Papá!

 

Era 1 de mayo de 2001,

no puedo decir que era un día como otro cualquiera

porque no lo era.

Aquel día no lo entendía

y el dolor en mi corazón era grande y penetrante,

tanto que cegaba mi razón y entendimiento.

No creo que haya sido fácil para ti tampoco,

pero, como siempre fuiste en esta vida,

no te vi titubear ni dudar

un solo momento y estoy segura

que tú lo entendiste bien,

supiste exactamente cuando dejarías esta vida,

lo dijiste: “me voy”.

Tan tranquilas y serenas sonaron tus palabras

y con esa misma tranquilidad y serenidad

te dormiste para no volver a despertar.

No fui capaz de dejarte ir,

de despedirme,

no soportaba la idea de no volver a verte,

no escuchar tu ronca voz

o sentir tu mirada, fuerte y noble a la vez.

Pasaron muchos años con un dolor inmenso

en los que me negaba a dejarte ir,

a soltarte,

me aferraba a ti tal madero estando a la deriva en alta mar;

sentía que si por fin te lloraba

y te dejaba ir, no volvería a verte;

no hacerlo me daba una falsa esperanza,

pero de alguna manera, me ayudaba a seguir.

Me negaba a visitarte en ese lugar donde te dejaron

porque yo no quería aceptar que todo lo que tú,

lo que habías sido o significado,

se viera reducido a un espacio tan pequeño y obscuro

(menos mal que estabas lejos y no tenía que lidiar con esa culpa).

Poco a poco fui perdiendo el sentido de tu presencia,

tu aroma se desvaneció

y empezó a invadirme una sensación de vacío,

como si nunca hubieras existido

y entonces, entraba en pánico;

te estaba perdiendo, ahora sí.

Me quedaba tu voz

y con el tiempo ésta también se iba perdiendo en el espacio

y el tiempo…

Entonces lloré…. lloré mucho.

Lloré como no había llorado por ti.

Y me enojé… con Dios, con la vida, contigo y conmigo.

Con Dios, porque no podía entender

porqué te había llevado,

por qué a ti, si eras bueno,

por qué dejaba a tanta gente mala y te llevaba a ti.

Por qué me dejaba a mí sin ti,

que tanta falta me hacías,

eras mi pilar, mi apoyo, mi ídolo, mi héroe.

Con la vida, por no haberme dejado

disfrutarte más,

por no permitirte conocer a tus nietos

y a ellos conocerte a ti,

sabía que serías un gran abuelo;

lleno de experiencias, historias y anécdotas

que harían maravillosas las tardes de domingo

y aprenderían un montón,

además de divertirse mucho con el humor característico que tenías.

Contigo, por haberme abandonado,

me dejaste sola cuando empezaba un nuevo camino,

donde tener tu apoyo era importante para mí.

Por no haberte cuidado más para poder durarme toda la vida,

un padre debería estar muchísimo tiempo al lado de su hija,

nadie la querrá y cuidará como él.

Conmigo, por no haberte abrazado más,

por no haberte dicho tantas cosas,

que en el momento en que cerraste los ojos

quería gritar con todas las fuerzas de mi dolor.

Por haberte visto sólo dos veces con lágrimas en lo ojos

y saber que habían sido por causa mía.

Ahora, por fin, entiendo las cosas

y veo todo desde una perspectiva diferente

y eso, te ha liberado y me ha liberado.

 

 

Sé que tú estás donde tienes que estar.

 

Iré a visitar el lugar donde está tu cuerpo físico

para agradecerle haber servido de contenedor para tu alma

y así poder compartir conmigo tantos momentos.

Sé que tu alma está ahora en lugar que quiere estar,

te fuiste cumpliendo tu misión;

aprendiste lo que venías a aprender

y me enseñaste lo que venías a enseñarme.

En este momento, me toca a mí aprovechar al máximo

cada una de tus lecciones, cada aprendizaje que me dejaste

y con ello lograr ser un mejor ser humano

y así cumplir mi propia misión.

Hoy le agradezco a Dios haberte puesto en mi camino

para ser mi maestro en las lecciones que tenía que aprender de ti.

Te agradezco haberme elegido como tu hija

para caminar y aprender juntos.

Me agradezco el haberte elegido como mi guía en esta vida,

no pude haber elegido a nadie mejor;

los valores que hoy considero elementales para llevar una vida

tranquila y en paz, los aprendí del ser humano más honesto,

responsable, respetuoso y congruente que he conocido: tú.

Hoy por fin te recuerdo sin ningún asomo de dolor, rencor o enojo.

Estoy sentada en el sofá, disfrutando la inauguración del mundial,

saboreando el mes que me espera para disfrutar de un deporte

que tú me enseñaste a amar y vivir apasionadamente.

Recordando cada partido visto a tu lado,

cada “discusión” por no estar de acuerdo o por irle a un equipo diferente;

aquellas repeticiones de partidos y partidos, porque no era importante

si ya los habíamos visto, era disfrutar la pasión de ver correr el balón.

Recordar cada frase que decías y que se volvieron clásicas y esperadas.

Una ida a penales se convertía en un “la va a fallar, ese no sabe tirar, mira cómo se pone”

y en cuanto la metía “falla hostias”.

Gracias papi por haber estado a mi lado,

por haberme hecho tan feliz

y por haberme enseñado las mejores lecciones de mi vida.

Sólo espero que ahí dónde estés,

sepas que te amé, te amo y te amaré profundamente

y que deseo que estés muy orgulloso de mí.

 

¡Feliz día papá!

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