Cuidemos nuestras palabras

 

Hace tiempo que he decidido poner más atención a las palabras que uso y cómo las uso.

Después de varios años estudiando y aplicando la Numerología con mi familia (yo, que ellos no saben que la aplico con ellos) aprendí muchas cosas y me faltan muchas por aprender; pero se que voy por el camino.

Algo de lo que he aprendido es que tengo dos enanos con cuatro años de diferencia y aunque ambos virgo; son tan diferentes como el día y la noche en tantas cosas.

En algunas se parecen bastante; pero en algo que se diferencian un montón es en la manera en que se comunican y en la forma en que «entienden» lo que se les comunica o cómo.

Pero claro, eso lo hago yo en casa y ¿en el colegio, en la vida?

Ahí es cuando a mí se me sube la bilirrubina (o no sé el qué) y me pone mal escuchar a los demás decir las cosas por decirlas sin poner atención a quién las está escuchando.

Y mucho menos si se supone que se trata de profesionales.

 

 

¿Por qué te digo que cuidemos nuestras palabras?

 

Hace unos días nos invitaron a la clase abierta de mi enano menor (11 años, 6° primaria).

Ya sé que estarás pensando que a ti te importa tres pepinos la clase abierta de mi enano y tienes razón…

En realidad no voy a contarte esto porque la clase me haya parecido contable o demasiado interesante como para compartirla; sino todo lo que se dijo en dos horas que me pareció importante a tener en cuenta.

Para empezar bien, hablaron de una clase abierta y claro, yo entiendo por «clase abierta» una clase tal cual la dan en el colegio todos los días, solo que ahora los papás veremos cómo nuestros hijos y sus profesores trabajan en el colegio.

Pues no… resultó ser una exhibición de proyectos hechos por los chicos en casa.

Nos dieron una explicación sobre en qué consistía el  proyecto y todo lo que hicieron para completarlo.

Pero vamos a ver, si enviaron toda la información por correo electrónico y los chicos lo hicieron en casa ¿cuál era el objetivo de ahora hacerlo grupal?

Esto nos lleva a la primera ocasión en que algo de lo que dijo la profesora me brincó.

Se supone que prepara este «evento» para los papás, pero no, tartamudea explicando y cuando quiere mostrarnos los trabajos más sobresalientes entra en un colapso de palabras.

Empezando por decir que  se hizo un sorteo para elegir cinco historias para leerlas en esa clase y entre medias suelta que se eligieron las cinco mejores.

Al final, se hizo pelotas entre decir los «mejores» o decir que era sorteo para coger ejemplos. Y después nos preguntamos porqué nuestros hijos no entienden nada.

¿Cuál es la necesidad de hablar de mejores o peores? Quiero creer que algún día entenderemos que no hay mejor, ni peor, solamente diferentes.

 

 

La psicóloga entra al quite

 

Vale, aquí entra la persona profesional, preparada para atender las necesidades psicológicas y emocionales de nuestros peques.

Y que quede claro que no tengo absolutamente nada en contra de los psicólogos, al contrario; estoy completamente a favor de tenerlos como apoyo en muchas situaciones de nuestras vidas, incluso solo por eso, por apoyo.

De hecho, dentro de mí vive una psicóloga truncada; quise estudiar Psicología pero no me dejaron (esa será otra historia).

Siento que una de las palabras más maleadas en nuestros tiempos es «terapia»; comúnmente se relaciona con que algo anda mal en nosotros cuando no tiene por qué ser así.

La psicóloga entró para hablarnos de la «difícil» etapa en la que están nuestros enanos. Ya empezamos un poco tal, ¿por qué siempre han de referirse a la adolescencia como una etapa difícil?

Cada etapa tiene lo suyo, sino que genial sería saber que solo la adolescencia va a ser difícil; y una vez que pase, todo será coser y cantar.

Acto seguido, nos dice que la adolescencia es una etapa que se divide en tres mini etapas… y ahora resulta que la adolescencia empieza a los diez años y termina a los veinticuatro……….

Sí; lo sé, igual me quedé yo.

Esa etapa «difícil» hay que aguantarla, como padres, hasta los veinticuatro. ???

Lo que yo pienso que dura la adolescencia te lo conté la semana pasada cuando escribí sobre lo que le pasa a todo el mundo.

Honestamente, espero que no les dure tanto tiempo porque si desde ahora les están diciendo que es una etapa difícil, pobres chicos pensando que les quedan todavía trece años sin entenderse ni aguantarse ellos mismos.

 

 

Lo que me pareció más fuerte

 

Cuando explicaba esto de la difícil etapa de la adolescencia, les preguntó a los chicos qué era lo más importante de esta etapa.

Y ahí estábamos los papás escuchando a una psicóloga decirle a nuestros peques que lo más importante eran los cambios físicos.

Tal vez solo sea yo a la que le causó conflicto esa afirmación.

Pero es que siento que hay muchísimos cambios en esa etapa como para manejar niveles de importancia o en todo caso, dársela solamente al físico.

Y en esta época que estamos viviendo tantos conflictos por la apariencia física.

O quizás sea que yo lo vi desde la perspectiva de mi enano que, para ciertas cosas es muy aprensivo.

Me lo imaginé sufriendo, en algún momento, porque él no pase por los mismos cambios físicos al mismo tiempo que la mayoría de sus compañeros, ya sea antes o después.

Pensé en las niñas viendo a sus compañeras que empiecen a usar sujetador y ellas no tener todavía que preocuparse por ello.

E insisto, tal vez la cuestión no sea el qué se dice sino el cómo se dice.

 

 

Después decimos «los niños son…»

 

Se suele decir que los niños son muy crueles, pero la verdad es que los chicos son crueles porque son honestos y no tienen filtros de malicia (la mayoría claro); y somos nosotros, los adultos, los que les damos «armas» para serlo.

En aquel momento pensé que lo bueno es que la psicóloga estaría trabajando con ellos de forma que entiendan que los cambios físicos, emocionales o espirituales son igual de importantes pero no por ello determinantes para juzgar, criticar o burlarse de los demás compañeros (por lo menos espero que así sea).

 

 

Como papás, cuidemos nuestras palabras

 

La mejor manera de enseñar a nuestros hijos a cuidar sus palabras es que nosotros cuidemos las nuestras.

El ejemplo siempre será la mejor forma de enseñar.

Tenemos que cuidar lo que les decimos a ellos y cómo se los decimos, hacia los demás y sobre todo, hacia nosotros mismos.

Si vemos el daño que podemos causar en alguien más con nuestras palabras, detengámonos a pensar en el daño que nos causamos a nosotros mismos, la mayor parte del tiempo.

Pero algo que también me parece fundamental, es enseñarlos a que se defiendan. Y esto no quiere decir que anden a golpes o enfadados con todo el mundo.

Defenderse se hace de forma personal, prepararlos (al igual que nosotros mismos) a que lo que los demás piensan o dicen no tiene nada que ver con ellos como seres humanos; que no los define ni los hace mejores o peores.

Son los demás hablando desde su perspectiva y educación, con lo cual, deben estar seguros de sí mismos, de lo que son y de lo que quieren.

Solo así podrán poner sus propios límites (sin  ofender ni lastimar) y al mismo tiempo, evitar que los demás los dañen cuando no tengan cuidado con las palabras.

 

 

Ahora me toca a mí…

 

Explicarle a mi enano, de la forma en la que él entiende y acepta las cosas; que la adolescencia no es una etapa difícil, sino diferente.

Cada etapa en la vida tiene su grado de dificultad, pero también cosas maravillosas y cada uno las vive de forma particular y en el tiempo que le toca… y que eso no te define ni te hace mejor o peor.

Que cada situación, cada persona, cada día tiene una enseñanza y que el vivir presente el día a día le hará verla y vivirla de la manera más armónica posible.

Tratar de cuidar cada palabra que le digo, ya sea a él directamente, cuando me refiero a alguien o alguna situación para que sea mi ejemplo el que le muestre las opciones para que pueda elegir lo que sea más adecuado para él sin herir ni lastimar a los demás; pero sobre todo, a sí mismo.

 

 

Por hoy es todo, pero ya sabes que cualquier cosa,

estaré encantada de leerte en los comentarios y por correo (platicamosrocio@gmail.com).

Si te apetece, comparte y soñemos juntas.

No seas diferente,
¡Sé única!

¡Besiños infinitos!

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